miércoles, 3 de abril de 2013

La experiencia estética

           Cuando contemplamos un paisaje impactante, disfrutamos del canto de un pájaro, mi­ramos un cuadro que nos gusta, o asistimos a un concierto, al cine o al teatro, tenemos experiencias de objetos que nos resultan particularmente agradables. Esas experien­cias pueden calificarse de "estéticas".

La estética es una disciplina filosófica que se encarga de examinar e intentar resolver los problemas derivados, por un lado, de nuestra experiencia con objetos estéticos y, por el otro, de nuestros juicios sobre esos objetos y de las razones con las que pretende­mos justificarlos. Algunos de estos problemas se pueden formular mediante las siguien­tes preguntas: ¿Qué es lo que hace bellas a las cosas? ¿Existen criterios que permiten de­terminar objetivamente si un objeto es estético o no lo es? ¿Que afinidades y contrastes hay entre la experiencia estética de realidades naturales y la de obras de arte?
Uno de los primeros problemas que toda teoría estética debe plantearse consiste en el esclarecimiento conceptual de la noción de "experiencia estética". Este problema puede plantearse mediante las siguientes preguntas: ¿En qué consiste con­templar o escuchar algo estéticamente? ¿Hay, realmente, una manera estética de contemplar las cosas? Y si la hay, ¿que criterios podemos aplicar para determinar si esta­mos realizando una experiencia estética o una experiencia de otro tipo? El problema de la experiencia estética debe plantearse antes de enfrentamos con una serie de pro­blemas filosóficos. Sin un examen minucioso de esta experiencia no parece posible plantear otras cuestiones estéticas, tales come éstas: ¿En qué consiste la expresión artística? ¿Hay una verdad propia de las obras de arte? ¿Qué es un símbolo artístico? ¿Es posible definir al arte en general? ¿Hay criterios que permitan determinar objetiva­mente la calidad de una obra de arte? ¿Qué relación hay entre el arte y la sociedad?
Para delimitar la experiencia estética y distinguirla de otro tipo de experien­cias humanas, como las experiencias sensoriales, científicas, religiosas y místicas, entre otras, se puede recurrir a distintos criterios. En primer lugar, cuando contemplamos estéticamente un objeto, no nos interesamos por su utilidad para alcanzar algún objetivo ulterior. En ese sentido, es posible establecer una diferencia entre la actitud estética y la actitud práctica con que observamos un objeto. Por ejemplo, cuando un agente del negocio inmobiliario tasa una parcela de tierra, se interesa en ella como un medio para alcanzar su objetivo económico. Quien aprecia estéticamente el paisaje, en cambio, percibe esa parcela como parte del paisaje, lo hace sin una finalidad ulterior y sólo por el placer de percibirlo. La experiencia estética, por tanto, no depende de fines prácticos.
La caracterización de la experiencia estética como aquella que toma el obje­to como un fin en sí mismo, aun cuando parezca admisible a primera vista, puede con­ducirnos a algún malentendido. ¿No es cierto, acaso, que cuando contemplamos estéti­camente un paisaje o un cuadro, o cuando escuchamos estéticamente una canción lo hacemos por el placer que nos produce esa experiencia? El paisaje, el cuadro y la can­ción son objetos que nos resultan agradables y por eso, justamente, nos detenemos a percibirlos. La experiencia estética parece, por tanto, tener una finalidad que consiste en el goce del objeto percibido. Esta finalidad, sin embargo, puede distinguirse aun de los fines prácticos que orientan nuestras experiencias no estéticas. Por tanto, al carac­terizar la experiencia estética como aquella que considera al objeto un fin en sí mismo, se quiere dar a entender que es la experiencia de disfrutar de ese objeto por lo que es y no como un medio para una finalidad ulterior.
En segundo lugar, para distinguir la experiencia estética de otras experien­cias, puede resultar útil advertir que cuando contemplamos estéticamente un objeto, no nos interesamos por la información que éste nos pueda brindar sobre la realidad. Por ejemplo, cuando nos conmueve la contemplación de un paisaje, no nos interesa­mos, como lo haría el geólogo, por la composición química de los diversos estratos so­bre los que se asienta, ni tampoco, como lo haría el botánico, por el origen de las espe­cies vegetales que percibimos. Cuando nos atrapa la trama de una novela, no nos inte­resa si alguno de los datos presentados por el al autor son verídicos, esto es, si se corresponden con lo que hicieron efectivamente ciertas personas en la realidad. Esto distingue un texto histórico, orientado al conocimiento, de un texto literario, orientado a la experiencia estética. Del primero esperamos que presente información sobre los hechos tal cual fueron, es decir, exigimos que sus afirmaciones sean verdaderas. Del se­gundo, en cambio, exigimos que el relato nos resulte "verosímil", esto es, que podamos creer, por ejemplo, en la posibilidad de la trama relatada en una novela o representada en un drama. Por eso, parece evidente que la advertencia que aparece al comienzo de muchas películas, "cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia", no podría aparecer en un documental. A diferencia de lo que ocurre con el director de una pelícu­la de ficción, el autor de un documental pretende ofrecemos un relato fidedigno de ciertos acontecimientos históricos.
En tercer lugar, en la experiencia estética, contemplamos lo que ofrece el ob­jeto, sin prestar atención a las posibles relaciones que podamos encontrar entre ese ob­jeto y el conjunto de las demás experiencias personales. Por ejemplo, cuando miramos una película, podemos llegar a encontrar alguna similitud entre lo que le pasa al prota­gonista y algunas de nuestras experiencias pasadas o presentes. En ese sentido, pode­mos identificamos con el personaje al punto de sentimos personalmente implicados por lo que le sucede a él. Eso, por supuesto, no tiene nada de malo y puede contribuir a que nos interese la trama de la película. Sin embargo, sobre esta posible identificación es necesario advertir lo siguiente. Por un lado, la experiencia estética no depende de las relaciones que el espectador pueda encontrar entre la vida ficcional del protagonista y su propia vida. Otro espectador que no se identifique con el protagonista puede tam­bién disfrutar estéticamente de la trama. Por otro lado, la mencionada identificación con los personajes puede llegar a impedir la experiencia estética si el espectador no es capaz de percibir que se trata de una historia de ficción y no de la vida real.
Como consecuencia de las mencionadas características de la experiencia es­tética, puede indicarse que ésta no se interesa principalmente por las relaciones que puedan descubrirse entre la obra, la vida, la época o el carácter del autor y los especta­dores. Las relaciones entre una obra de arte y la realidad externa a ésta no parecen ser lo fundamental de la experiencia estética. En este tipo de experiencia, el principal centro de atención lo constituyen lo que se denomina las "relaciones internas" de ese objeto, esto es, las relaciones entre los diversos aspectos que lo constituyen como obje­to estético.