miércoles, 3 de abril de 2013

La experiencia estética

           Cuando contemplamos un paisaje impactante, disfrutamos del canto de un pájaro, mi­ramos un cuadro que nos gusta, o asistimos a un concierto, al cine o al teatro, tenemos experiencias de objetos que nos resultan particularmente agradables. Esas experien­cias pueden calificarse de "estéticas".

La estética es una disciplina filosófica que se encarga de examinar e intentar resolver los problemas derivados, por un lado, de nuestra experiencia con objetos estéticos y, por el otro, de nuestros juicios sobre esos objetos y de las razones con las que pretende­mos justificarlos. Algunos de estos problemas se pueden formular mediante las siguien­tes preguntas: ¿Qué es lo que hace bellas a las cosas? ¿Existen criterios que permiten de­terminar objetivamente si un objeto es estético o no lo es? ¿Que afinidades y contrastes hay entre la experiencia estética de realidades naturales y la de obras de arte?
Uno de los primeros problemas que toda teoría estética debe plantearse consiste en el esclarecimiento conceptual de la noción de "experiencia estética". Este problema puede plantearse mediante las siguientes preguntas: ¿En qué consiste con­templar o escuchar algo estéticamente? ¿Hay, realmente, una manera estética de contemplar las cosas? Y si la hay, ¿que criterios podemos aplicar para determinar si esta­mos realizando una experiencia estética o una experiencia de otro tipo? El problema de la experiencia estética debe plantearse antes de enfrentamos con una serie de pro­blemas filosóficos. Sin un examen minucioso de esta experiencia no parece posible plantear otras cuestiones estéticas, tales come éstas: ¿En qué consiste la expresión artística? ¿Hay una verdad propia de las obras de arte? ¿Qué es un símbolo artístico? ¿Es posible definir al arte en general? ¿Hay criterios que permitan determinar objetiva­mente la calidad de una obra de arte? ¿Qué relación hay entre el arte y la sociedad?
Para delimitar la experiencia estética y distinguirla de otro tipo de experien­cias humanas, como las experiencias sensoriales, científicas, religiosas y místicas, entre otras, se puede recurrir a distintos criterios. En primer lugar, cuando contemplamos estéticamente un objeto, no nos interesamos por su utilidad para alcanzar algún objetivo ulterior. En ese sentido, es posible establecer una diferencia entre la actitud estética y la actitud práctica con que observamos un objeto. Por ejemplo, cuando un agente del negocio inmobiliario tasa una parcela de tierra, se interesa en ella como un medio para alcanzar su objetivo económico. Quien aprecia estéticamente el paisaje, en cambio, percibe esa parcela como parte del paisaje, lo hace sin una finalidad ulterior y sólo por el placer de percibirlo. La experiencia estética, por tanto, no depende de fines prácticos.
La caracterización de la experiencia estética como aquella que toma el obje­to como un fin en sí mismo, aun cuando parezca admisible a primera vista, puede con­ducirnos a algún malentendido. ¿No es cierto, acaso, que cuando contemplamos estéti­camente un paisaje o un cuadro, o cuando escuchamos estéticamente una canción lo hacemos por el placer que nos produce esa experiencia? El paisaje, el cuadro y la can­ción son objetos que nos resultan agradables y por eso, justamente, nos detenemos a percibirlos. La experiencia estética parece, por tanto, tener una finalidad que consiste en el goce del objeto percibido. Esta finalidad, sin embargo, puede distinguirse aun de los fines prácticos que orientan nuestras experiencias no estéticas. Por tanto, al carac­terizar la experiencia estética como aquella que considera al objeto un fin en sí mismo, se quiere dar a entender que es la experiencia de disfrutar de ese objeto por lo que es y no como un medio para una finalidad ulterior.
En segundo lugar, para distinguir la experiencia estética de otras experien­cias, puede resultar útil advertir que cuando contemplamos estéticamente un objeto, no nos interesamos por la información que éste nos pueda brindar sobre la realidad. Por ejemplo, cuando nos conmueve la contemplación de un paisaje, no nos interesa­mos, como lo haría el geólogo, por la composición química de los diversos estratos so­bre los que se asienta, ni tampoco, como lo haría el botánico, por el origen de las espe­cies vegetales que percibimos. Cuando nos atrapa la trama de una novela, no nos inte­resa si alguno de los datos presentados por el al autor son verídicos, esto es, si se corresponden con lo que hicieron efectivamente ciertas personas en la realidad. Esto distingue un texto histórico, orientado al conocimiento, de un texto literario, orientado a la experiencia estética. Del primero esperamos que presente información sobre los hechos tal cual fueron, es decir, exigimos que sus afirmaciones sean verdaderas. Del se­gundo, en cambio, exigimos que el relato nos resulte "verosímil", esto es, que podamos creer, por ejemplo, en la posibilidad de la trama relatada en una novela o representada en un drama. Por eso, parece evidente que la advertencia que aparece al comienzo de muchas películas, "cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia", no podría aparecer en un documental. A diferencia de lo que ocurre con el director de una pelícu­la de ficción, el autor de un documental pretende ofrecemos un relato fidedigno de ciertos acontecimientos históricos.
En tercer lugar, en la experiencia estética, contemplamos lo que ofrece el ob­jeto, sin prestar atención a las posibles relaciones que podamos encontrar entre ese ob­jeto y el conjunto de las demás experiencias personales. Por ejemplo, cuando miramos una película, podemos llegar a encontrar alguna similitud entre lo que le pasa al prota­gonista y algunas de nuestras experiencias pasadas o presentes. En ese sentido, pode­mos identificamos con el personaje al punto de sentimos personalmente implicados por lo que le sucede a él. Eso, por supuesto, no tiene nada de malo y puede contribuir a que nos interese la trama de la película. Sin embargo, sobre esta posible identificación es necesario advertir lo siguiente. Por un lado, la experiencia estética no depende de las relaciones que el espectador pueda encontrar entre la vida ficcional del protagonista y su propia vida. Otro espectador que no se identifique con el protagonista puede tam­bién disfrutar estéticamente de la trama. Por otro lado, la mencionada identificación con los personajes puede llegar a impedir la experiencia estética si el espectador no es capaz de percibir que se trata de una historia de ficción y no de la vida real.
Como consecuencia de las mencionadas características de la experiencia es­tética, puede indicarse que ésta no se interesa principalmente por las relaciones que puedan descubrirse entre la obra, la vida, la época o el carácter del autor y los especta­dores. Las relaciones entre una obra de arte y la realidad externa a ésta no parecen ser lo fundamental de la experiencia estética. En este tipo de experiencia, el principal centro de atención lo constituyen lo que se denomina las "relaciones internas" de ese objeto, esto es, las relaciones entre los diversos aspectos que lo constituyen como obje­to estético. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

El arte


El arte es una representación de la realidad. Es el acto de crear símbolos comunicativos a partir de una actitud estética de juego. Se vale para ello de distintos lenguajes, que surgen de y apuntan a las capacidades de expresión y comunicación de los distintos sentidos humanos. Hay lenguajes artísticos que se dirigen a dos o varios sentidos a la vez, como la danza, el teatro, la ópera o el cine.
Las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad datan de hace aproximadamen­te 40.000 años, y estaban probablemente relacionadas a rituales. Las pinturas rupestres más antiguas que se han encontrado, trazadas en las paredes y los techos de cuevas -como las de Cabrerets en Francia y de Altamira en España- por pintores pertenecientes a culturas de cazadores del Paleolítico superior (alta Edad de Piedra), aproximadamente hace 20.000 años, representan escenas de animales, grandes figuras de bisontes, cabras, caballos, jabalíes, renos, etcétera. Aparecen también figuras humanas, algunas de ellas con máscaras.
“A pesar de su magnífica economía de líneas y colo­res, tan admirada hoy en día, el arte del Paleolítico superior debe considerarse, al menos, tanto una ex­presión de rituales culturales establecidos como de impulsos estéticos individuales o culturales. General­mente se supone que estas imágenes constituían al­guna forma de caza mágica, pero su función precisa no se conoce con seguridad. Todo lo que se puede de­cir es que los cazadores estaban impresionados por la fuerza y la belleza de los animales cuya muerte hacía posible su supervivencia" (Harris, 1996).
El arte puede ser un hecho colectivo pero siempre parte de una conciencia, una percepción y una sensi­bilidad individuales. Tiene siempre un carácter lúdico, de juego; involucra un lenguaje, es un hecho de comunicación. Su función, su concepción y su in­tención son únicas: el tipo de relaciones que produ­ce, de descubrimientos que logra, son del orden de un tipo de pensamiento divergente, que enlaza ideas aparentemente inconexas y establece puentes intuitivos hacia el conocimiento.
El arte es parte de la cultura y como tal está sujeto al devenir histórico de la misma. Cada cultura a su vez tiene sus modalidades artísticas específicas en cada período de su historia. Estas modalidades dependen totalmente de una interpelación con todos los otros aspectos que cada cultura posee, por ejemplo su or­ganización económica, social, política, pero sobre todo su visión del mundo, su percepción del espacio y del tiempo, su mitología, su religión, sus respues­tas a las grandes preguntas existenciales, su varie­dad y complejidad histórica y étnica, su visión idiosincrásica y filosófica de la vida.
A diferencia de la ciencia o la tecnología, no se puede hablar de progreso o de avance lineal en el arte, pues éste cambia con la realidad de la cual nace para cumplir con su designio intrínseco de representarla y en muchos casos, sobre todo en la actualidad, como un intento de la cultura por auto comprenderse o, como ocurrió a lo largo del siglo XX, como reflexión del arte sobre sí mismo. Entonces no se deben comparar las artes de distin­tos pueblos o de distintas épocas con criterios valorativos del tipo "mejor" o "peor" cada modalidad artística es la respuesta a una realidad social y cultural determinada, y como tal (y hay infinitos ejemplos de ello) ha llegado a su máxima expresión, en muchos casos con obras de una gran importancia para toda la historia del arte. Por ejemplo, la relación entre arte contemporáneo europeo y el de pueblos africanos o el de pueblos antiguos, se debe a que hubo un acercamiento de la cultura occidental al pen­samiento abstracto, y a la síntesis, ritmo, trama, estilización, que encontramos en el arte "primitivo".
A su vez, cada cultura tiene su propio paradigma; así como algunas se caracterizan en todos sus aspectos por una tendencia a la conservación de las pautas y tradiciones, lo mismo ocurre con su arte; otras, como es el caso de las vanguardias europeas del siglo XX, se caracterizaron por la permanente búsqueda de la innovación. Estas vanguardias no pertenecen estrictamente a un solo país sino a todos los países que comparten una serie de pautas culturales, más por difusión que por convergencia, sumado el hecho de que los cambios sucedidos a lo largo del siglo XX fueron acompañados por el auge de la cultura de masas, y por los continuados indicios de lo que hoy se llama globalización. 

Signos y símbolos de la cultura contemporánea


Estamos rodeados de símbolos, emblemas, siglas, logotipos, diseños, direcciones, núme­ros, palabras, letras, señales luminosas y sonoras. El número de la patente del auto y la fecha de hoy; la hora de la reunión y el billete de diez; cobrar el sueldo y llegar a fin de mes; tomar el tren en Once y bajar en Liniers; subir al ascensor y bajar en el cuarto. Cuan­do llamamos por teléfono utilizamos los números, que son signos; cuando tomamos el colectivo, utilizamos una moneda, que es un símbolo (significa un valor económico que se puede cambiar por un servicio).
Existen símbolos más complicados, más subjetivos. Hay infinidad de ejemplos de ellos en la publicidad: un automóvil nuevo puede simbolizar status económico, poder, velocidad, libertad, protección; una mujer hermosa puede simbolizar erotismo, juventud, poder, di­versión.
Para expresarnos utilizamos signos y símbolos, y esto es así tanto en el mito como en el arte, el lenguaje o la ciencia. No se trata de representaciones alegóricas de la realidad, sino de representaciones que crean y establecen su propio mundo significativo.
Ningún proceso mental puede apropiarse de la realidad misma, y sólo se la puede recons­truir a través de signos y de símbolos. Es solamente por medio de las formas simbólicas que la realidad puede ser captada, y solamente a través de su propia actividad puede lograr la percepción de ésta. En este sentido, la representación simbólica es sólo un reflejo de lo existente.
Como dijimos anteriormente, lo que define a la cultura humana, e incluso a la forma hu­mana de relacionarse con el mundo, es su capacidad de simbolización. La simbolización es el modo como el ser humano organiza y comprende la percepción que recibe del mun­do a través de sus sentidos. Esta simbolización tiene carácter universal. Por medio del lenguaje simbólico humano, cada cosa tiene nombre.
Además de su aplicación universal -nos dice Cassirer-, el símbolo es también variable. Los símbolos pueden expresar una misma idea de distintas formas dentro de un idioma, y también la misma idea se expresa en forma distinta en idiomas diferentes.
El símbolo permite articular el pensamiento. El significante "mesa" simboliza al objeto que se corresponde con él. Este significante puede a su vez enlazarle con otros, que también simbolizan cosas, en una frase. De este modo, podemos relacio­nar la mesa con la silla, con el piso en que se apoya, con la jarra que apoyamos en ella, con sus cualidades, etcétera. Es decir, el lenguaje, por medio de sus sím­bolos de aplicación universal, nos permite pensar y comunicar nuestro pensamiento, y nuestro pensa­miento puede además relacionar los símbolos de dis­tintas maneras para expresar una misma idea.
La señal o el signo tienen un significado puntual, se refiere a algo específico. El lenguaje militar, por ejem­plo, está poblado de este tipo de signos o señales, como el saludo de la venia o la mayoría de las órde­nes de marcha. Es un lenguaje de signos, no de sím­bolos, y por lo tanto no es variable, sino fijo y esque­mático y no es universal, ya que no sirve para cons­truir pensamientos. Este lenguaje de signos tiene por función simbólica crear una relación de autoridad, que requiere un lenguaje elemental desde el punto de vista semántica.
Los símbolos, en cambio, son:
·    variables: un mismo significado se puede crear por medio de distintos símbolos o combinaciones de símbolos; y
·    universales: ya que sirven para referirse a cualquier significado o pensamiento, aunque éste sea de gran complejidad.
Sin embargo, muchas veces tratamos de explicar algo que supera las posibilidades del lenguaje, ya sea por­que se refiere a una emoción o a un sentimiento muy intenso, difícil de transmitir; o porque se refiere a conceptos o ideas muy abstractas (el bien, el mal, el ser, Dios); o porque se refiere a una forma de percep­ción que se encuentra más allá del lenguaje, como sucede en las religiones orientales que tienen técni­cas de meditación que detienen el diálogo interno, es decir, el acto de pensar, de simbolizar aspectos de la realidad en nuestra mente por medio del lenguaje. Y es en este punto en que se destaca una de las cualida­des o de las funciones del arte.
La literatura crea o expande los límites de los significados que una lengua o idioma puede expresar o construir. Y es que el pensamiento es una creación hu­mana que se realiza por medio del lenguaje. Es por eso que el lenguaje mismo tiene, por su manera de simbolizar las cosas del mundo, un significado pro­pio: nos permite, o nos empuja a entender a través de ciertos caminos de pensamiento y no de otros.
El desarrollo de la lengua es fundamental en la vida de una cultura, porque de ésta se derivan su idiosin­crasia y sus construcciones ideológicas. Por este mo­tivo resulta tan importante conocer el idioma para tratar de entender la forma de pensar de un pueblo perteneciendo a otro. La lengua es un sistema no sólo para expresar el pensamiento y la visión del mundo, sino también para crearlo. Por esta razón es común que las academias de la lengua, como la Real Acade­mia Española, donde se van acuñando o legitiman­do los cambios idiomáticos que pasarán a formar par­te de los diccionarios, suelen estar integradas por grandes escritores y lingüistas. 

La identidad cultural


La humanidad se fue dividiendo en numerosas sociedades, grupos, naciones y Estados que se han ido conformando -y continúan haciéndolo- dentro de un marco de ideas y de creencias comunes.
Ahora bien, ¿qué es lo que une a los miembros de cada comunidad, de cada grupo?
Los liga un mismo sistema complejo de ideas, bienes y hábitos que definen su estructura básica y que los diferencian de otras formaciones sociales similares. Estos rasgos hacen que cada grupo o sociedad ten­ga una identidad específica y un sentimiento de pertenencia cifrado en el "nosotros", lo que le permite desta­carse de otras comunidades distintas, ajenas, formadas por los "otros". A partir de ese "nosotros", cada indivi­duo construye su "yo", su identidad particular, y afirma su pertenencia a determinado grupo o sociedad.
Pero ese sentimiento de pertenencia no depende de la cercanía o de la vecindad. Así, la identidad de un in­dividuo puede definirse por el hecho de ser judío, de compartir la religión budista, por regirse según, los códi­gos de la new age, por ser un heavy metal o un miembro de Greenpeace. Estas particularidades trascienden las fronteras, porque se basan en características identificatorias que existen en los más diversos países, o que son el resultado de migraciones cuyos protagonistas siguen conservando la cultura de origen, que irán modificando con los aportes de la nueva sociedad de residencia.
La identidad se construye a partir de la incorporación de determi­nados códigos comunes, como los hábitos lingüísticos, las tradiciones populares, los modos de actuar, las ideas, los deseos y las actividades más diversas.
La identidad cultural presupone ciertos bienes culturales comunes que pueden clasificarse de la siguiente manera:
• identificación de símbolos: son los objetos materiales -como escu­dos, banderas, emblemas, vestimentas, transportes, objetos artísticos- en los cuales se proyecta la fuerza de un grupo. Estos elementos actúan como instrumentos identificatorios que relacionan a los integrantes de ese grupo y que les permiten diferenciarse de los demás;
• sistema normativo: está formado por los esquemas de conduc­tas entre los que se cuentan los modales, la tradición, las costum­bres, las leyes y la religión. Estos esquemas determinan la ideología y las normas de control social.
Estos bienes culturales, simbólicos y normativos, se van modifi­cando en función de las relaciones que surgen entre las personas que conforman una cultura ("nosotros"), y entre estas y los individuos de otras identidades ("otros"). 

La cultura, un proceso dinámico


A partir de la creación de herramientas, de la división del trabajo, del surgimiento del lenguaje y de otras muchas prácticas culturales, el hombre primitivo comenzó a transformar el medio ambiente y empezó a agruparse en sociedades.
Asimismo, dentro de cada sociedad, se fueron armando grupos que compartían códigos propios, además de los comunes a la sociedad en general; con lo cual se originó una diversidad de formas de vida, cada una con sus propias particularidades. Estas últimas se han ido modificando continuamente, ya que la transmisión de la cultura entre los miembros de un mismo cuerpo social y los de otras sociedades implica una permanen­te recreación y un constante intercambio, Se construye, así, un proceso dinámico que varía de acuerdo con las distintas culturas comprometidas.
Los cambios socioculturales se producen a causa de distintos factores, desde el clima y las condiciones del ambiente hasta el nacimiento de nuevas ideas, el desarrollo de la tecnología, las formas de organización de los sistemas económicos, políticos y sociales, y la evolución de los modos de intercambio con otros grupos.
Los factores que provocan esos cambios socioculturales pueden ser:
endógenos, es decir, generados dentro de un mismo pueblo o dentro de una misma sociedad, o
exógenos, esto es, originados fuera de la propia cultura o fuera del propio contexto, como producto de los distintos contactos o situaciones entre los grupos.
Ambos factores están íntimamente relacionados, ya que ope­ran de manera conjunta, Por eso, es muy difícil establecer qué factor en particular produjo un determinado cambio cultural.
Son los factores endógenos de cada pueblo los encargados de procesar, a su modo, los objetos culturales recibidos. Por ejemplo, la moda en la vestimenta se propaga hoy a una velocidad increíble, gracias -básicamente- a la tele­visión. Pero la ropa de moda no es la misma para la clase alta de Nueva York que para los obreros de Hong Kong, sino que se transforma de acuerdo con las necesidades y con las posibi­lidades de cada país y de cada grupo social en particular.
El dinamismo que se produce como resultado de la in­tervención de estos factores endógenos y exógenos per­mite que las sociedades crezcan y que formen una iden­tidad cultural. A su vez, a partir de los conflictos entre los distintos componentes culturales, nacen diversos procesos, como la enculturación, la multiculturalidad o la aculturación. 

La contracultura


Cuando los miembros de una cultura se oponen a las normas, valores y principios establecidos y reconocidos por la mayoría de sus integrantes, forman lo que se denomina contracultura o cultura alternativa. Estas personas no sólo desdeñan los valores oficiales vigentes, sino que definen y reafirman nuevas pautas culturales que determinan una identidad propia con valores alternativos a los instituidos.
La contracultura nace como un rechazo hacia los aspectos dominantes de la sociedad en la que aquella se genera, y su objetivo es, sobre todo, la simple oposición y no tanto la transformación de esa sociedad.
Las contraculturas anteponen las opciones personales a las acciones colectivas. Por eso, finalmente  sus miembros no modifican la estructura social a la cual cuestionan. Este fenómeno -sumado al hecho de que sus conductas no responden a una organización compleja y considerando la debilidad de sus propuestas o su falta de fuerza política- hace que las contraculturas duren muy poco y que, muchas veces, terminen siendo absorbidas por los valores establecidos.
Un ejemplo de contra cultura es el movimiento punk, que nació en Gran Bretaña entre 1976 y 1977 como oposición a la decadencia de la cultura rock y hippie. Su estilo está determinado por la necesidad de impactar, sorprender  incomodar y molestar, pero no por una motivación que lleve al cambio de las organizaciones sociales. 

Las subculturas


Los miembros de una sociedad se distinguen entre sí por numerosas características. Por ejemplo: pueden haber obtenido diferente instrucción y educación, pertenecer a distintas religiones, recibir ingresos más altos o más bajos, provenir de familias de inmigrantes o de familias tradicionales locales. De esta manera, los diver­sos grupos sociales van determinando distintas subculturas, condicionadas por diferencias étnicas, reli­giosas, profesionales e ideológicas. Cada una de esas subculturas crea sus propias normas, que no responden necesariamente a las de la cultura principal.
Lo que caracteriza a una subcultura en particular es la solidaridad y el apoyo mutuo que suele existir entre sus miembros. Estos comportamientos se expresan a través de ciertos rituales (por ejemplo, el ejercicio de leal­tades territoriales) y se revelan con la adopción de un estilo propio reflejado en una forma de vestir o en la uti­lización de símbolos determinados.
La pertenencia del individuo a una subcultura va desarrollando su personalidad y su posi­ción frente a la sociedad.
A su vez, el entrecruzamiento de subculturas permite la formación de un sistema que se integra en la estructura cultural general. Así, en ciudades como Buenos Aires, Londres o Nueva York, se desarrollan diversas subculturas determinadas por las múltiples migraciones provenientes de distintos países del mundo. Esos grupos, a su vez, van definiendo el carácter de la estructura social de las ciudades. 

La cultura según la Sociología


La Sociología es la ciencia que estudia los órdenes generales de la vi­da social, sus leyes, sus movimientos, sus relaciones con el medio geo­gráfico, con la cultura y con los diferentes aspectos de la vida y de la personalidad del individuo. En este marco, la cultura se circunscribe a las relaciones que establecen los hombres entre sí, relaciones que determinan las diversas estructuras sociales y que se desarrollan en un ámbito específico. Desde este punto de vista, el análisis de la cultura es inseparable de dos elementos fundamentales: la persona y la sociedad.
El concepto de persona se refiere al individuo que es miembro de una sociedad y de un ámbito cultural y que, a partir del aprendizaje entendido como un proceso social, permite el inter­cambio entre la cultura y la sociedad a la cual pertenece, y entre otras culturas y socie­dades. La cultura resulta, así, una unidad funcional que se irá modificando a partir de los cambios que establecen las personas con la sociedad.
La estructura persona-sociedad-cultura puede dividirse en tres aspectos que actúan dinámicamente, transformándose unos a otros:
Individuo como creador de cultura.
Incorporación a la sociedad a partir de diversos procesos.
Formación de la estructura de los grupos sociales.
Puestos en acción, estos aspectos impulsan a las diferentes sociedades para que ellas procuren encontrar modos a fin de solucionar los problemas sociales, materiales y morales -tales como el éxodo rural, la criminali­dad, la urbanización o las migraciones- que trae aparejada la convivencia humana. Entonces, desde el punto de vista de la Sociología, la cultura es un sistema estructurado en el que participan todas las personas que integran una sociedad. ¿De qué manera participan? Por medio de la creación de bienes materiales, ideas y creencias que determinan, a su vez, la posición de cada individuo frente a sí mismo y frente a la sociedad de la que forma parte.
Tanto el concepto propuesto por la Antropología como el aportado por la Sociología han superado la limita­da noción de cultura como patrimonio de unos pocos privilegiados, noción que establecía, a su vez, diversos nivele culturales. Esta restringida definición concebía a la cultura como resultado de la acumulación de conocimiento de los que el individuo era un mero receptor. Así, la cultura se medía de acuerdo con el grado de ins­trucción y con la adquisición de bienes intelectuales considerados "superiores", por lo que una persona podía quedar excluida podía ser conceptuada como "inculta", en caso de que le fuera imposible acceder a esos bienes y conocimientos.
En cambio, la Antropología y la Sociología consideran que el individuo es un creador de cultura y que puede transformarla mediante sus acciones, en función de los vínculos sociales establecidos, con el fin de hallar respuestas a los distintos problemas de la vida. 

La cultura según la Antropología


La Filosofía, la Antropología, la Sociología y la Lingüística, entre otras disciplinas, han procurado explicar el fenómeno "cultura", de acuerdo con el objeto de estudio de cada una de ellas. Así, la Antropología -ciencia que estudia a los individuos de acuerdo con su evolución biológica y con su relación con la naturaleza­ definió, en un principio, la cultura como todo aquello ajeno a la naturaleza.
Para el antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942), por ejemplo, la cultura abarca el conjunto integral de utensilios y de bienes de los consumidores, las reglas que rigen los diversos grupos sociales, las ideas y las artesanías, las creencias y las costumbres.
A esta idea se agregó, más tarde, un aspecto referente a las prácticas sociales, es decir, a la forma en que los hombres viven y se relacionan entre sí. De este modo, la cultura quedaría definida como una forma de vi­da, una suma de hábitos y de costumbres que constituyen una unidad que funciona estructuralmente, y cuyos componentes dependen unos de otros, ya que cualquier modificación en un sector afecta a to­dos los demás. La estructura cultural entendida de esta manera es lo que hace que cada sociedad sea lo que es y que se vaya construyendo como una unidad capaz de dar sentido a su propia realidad.
Con estas consideraciones, en el campo de la Antropología, se fueron delineando, paulatinamente, cuatro áreas de investigación:
1. Tecnología y objetos materiales. Esta área comprende los conocimientos, utensilios y habilidades que sirven para producir los elementos que emplea el hombre para su supervivencia, desde los recipientes más ru­dimentarios hasta los vehículos, la vestimenta, las computadoras, los medicamentos y todo aquello que sea útil para dominar el mundo natural circundante.
2. Prácticas sociales. Este aspecto abarca el sistema normativo y las ideas de valor que determinan los esquemas de conducta de las personas. Estos esquemas de conducta se observan en sus modales, su tradición, sus costumbres, sus hábi­tos y en las leyes que regulan los tipos de familias, los grupos sociales, y las insti­tuciones económicas y políticas.
3. Tipos de comportamiento y de acción. Se relacionan con el mundo so­brenatural, como la religión, la magia y los ritos.
4. Arte y juego. Esta área contiene los campos de expresión del hombre.
Dentro del arte, se encuentran, por ejemplo, la literatura, la plástica, la arqui­tectura, la música; dentro de los juegos, se hallan los deportes y todas las for­mas de diversión.
Desde la perspectiva de la Antropología, entonces, la cultura comprende todas las ideas, los conocimientos, los modos de comportamiento, las ha­bilidades y los utensilios comunes a los miembros de una comunidad es­pecífica. Su aprendizaje se realiza por medio de las relaciones sociales estable­cidas, que determinan un proceso de cambio constante. 

Cultura y civilización


Como ha ocurrido con la palabra cultura, a lo largo de la historia, el significado del término civilización también fue cambiando. En principio, en la antigua Roma, el vocablo civilis -del cual proviene la palabra civilización- se refería a la vida política, al Estado y al conjunto de los ciudadanos.
A comienzos del siglo xx, se afirmaron dos posturas con respecto al término. Así, por un lado, pasó a entenderse civilización como sinónimo de cultura y de sociedad; por otro lado, se aplicó el concepto para designar el estado alcanzado por los pueblos más avanzados. Pero ¿qué se entendía por "pueblos más avanzados"? La expresión señalaba a aquellos grupos humanos numerosos con determinados adelantos técnicos, una gran concentración demográfica en las ciudades un nivel al que todas las sociedades desearían alcanzar. De este modo, se legitimaba la dominación de un pueblo sobre otro, y se determinaba la existencia de culturas superiores e inferiores.
El concepto, pues, siguió evolucionando y, en la actualidad, se entiende por civilización un proceso que forma parte de un proceso mayor: la cultura. La civilización es el resultado histórico de las culturas urbanas, por eso, su centro encuentra en las ciudades y se caracteriza por las relaciones sociales que se establecen en función de la técnica, la industrialización, la ciencia y el maquinismo. 

Cultura y naturaleza


El hombre, como el animal, es un ser biológico y social. Biológico, porque tiene nece­sidades básicas que debe satisfacer, como el hambre, la sed o la urgencia de protegerse contra el frío. Social, porque precisa estar junto con individuos de su misma especie pa­ra sobrevivir.
En ese sentido, tanto el hombre como el animal pertenecen al mundo de la naturaleza y establecen una relación continua con ella. La diferencia entre ambos reside en el hecho de que el animal tiene una relación fija y biológicamente pautada con el ambiente, vínculo que permanece siempre igual y que se caracteriza por la repetición constante de las mismas pautas de conducta.
El hombre, en cambio, como animal racional, se relaciona con la naturaleza mediante una transformación permanente. Este contacto se basa en la acción que el hombre realiza en forma continua para convertir su am­biente natural en un ambiente sociocultural, de acuerdo con sus necesidades y con sus posibilidades de crear y de modificar lo ya existente.
Cuando el individuo nace, es un ser indefenso, a merced de la naturaleza. Gracias a la familia y a la socie­dad en la que se encuentre, incorpora gradualmente las distintas pautas culturales de su comunidad por medio de las cuales configurará una identidad propia. Uno de los elementos básicos de la cultura en la que se inserta ese individuo -y que determina su forma de pensar y de ver el mundo- es el lenguaje.
Entonces, existe una relación directa e inseparable entre naturaleza y cultura, ya que el hombre pro­cura adaptarse para vivir organizadamente en sociedad, y utiliza y transforma, de un modo constante, el ambiente natural que lo rodea. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

En busca de una definición de CULTURA


Ernest Cassirer se refiere a la cultura como al universo simbólico creado por el hombre para poder desarrollar en él su existencia. Las diversas direcciones en las que el espíritu humano se despliega, las diferentes áreas de la cultura, son los distintos modos de expresión simbólica creados por el hombre en el proceso de interpretación de sus experiencias vitales.
El mundo propiamente “humano” no es el mundo físico, sino el universo cultural; más aún, el hombre no tiene acceso al mundo físico “en sí mismo”, sino a través de los símbolos que él mismo ha creado para conocerlo y habitar en él. El universo cultural que crea el hombre es el único hábitat en el que puede desarrollar su existencia, y está entretejido por el lenguaje, el mito, el arte, la ciencia y la religión, que forman una trama que se va reforzando continuamente a medida que se produce cualquier avance en el conocimiento.
Así, los objetos culturales, por ser simbólicos, no poseen una existencia real como parte del mundo físico sino que, propiamente, poseen un “sentido” [Cassirer 1975: 90]. Aunque el hombre no pueda dar el ser en términos trascendentales, por medio de su actividad simbólica dota de nuevos sentidos a las cosas, convirtiéndolas en algo distinto sin necesidad de alterarlas físicamente. Y así, por ejemplo, puede tomar una piedra y convertirla en “arma” o en “frontera”, en “adorno” o en “regalo” sin de ejercer ninguna acción física que la altere. Pero la piedra “se transforma” en una cosa o en otra, en función del sentido que le otorga el ser humano.