Ernest Cassirer se refiere a la
cultura como al universo simbólico creado por el hombre para poder desarrollar
en él su existencia. Las diversas direcciones en las que el espíritu humano se
despliega, las diferentes áreas de la cultura, son los distintos modos de
expresión simbólica creados por el hombre en el proceso de interpretación de
sus experiencias vitales.
El mundo propiamente “humano” no es el
mundo físico, sino el universo cultural; más aún, el hombre no tiene acceso al
mundo físico “en sí mismo”, sino a través de los símbolos que él mismo ha
creado para conocerlo y habitar en él. El universo cultural que crea el hombre
es el único hábitat en el que puede desarrollar su existencia, y está
entretejido por el lenguaje, el mito, el arte, la ciencia y la religión, que
forman una trama que se va reforzando continuamente a medida que se produce
cualquier avance en el conocimiento.
Así, los objetos culturales, por ser
simbólicos, no poseen una existencia real como parte del mundo físico sino que,
propiamente, poseen un “sentido” [Cassirer 1975:
90]. Aunque el hombre no pueda dar el ser en términos trascendentales, por
medio de su actividad simbólica dota de nuevos sentidos a las cosas,
convirtiéndolas en algo distinto sin necesidad de alterarlas físicamente. Y
así, por ejemplo, puede tomar una piedra y convertirla en “arma” o en
“frontera”, en “adorno” o en “regalo” sin de ejercer ninguna acción física que
la altere. Pero la piedra “se transforma” en una cosa o en otra, en función del
sentido que le otorga el ser humano.
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