La estética es
una disciplina filosófica que se encarga de examinar e intentar resolver los
problemas derivados, por un lado, de nuestra experiencia con objetos estéticos
y, por el otro, de nuestros juicios sobre esos objetos y de las razones con las
que pretendemos justificarlos. Algunos de estos problemas se pueden formular
mediante las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que hace bellas a las cosas?
¿Existen criterios que permiten determinar objetivamente si un objeto es
estético o no lo es? ¿Que afinidades y contrastes hay entre la experiencia
estética de realidades naturales y la de obras de arte?
Uno de los
primeros problemas que toda teoría estética debe plantearse consiste en el
esclarecimiento conceptual de la noción de "experiencia estética".
Este problema puede plantearse mediante las siguientes preguntas: ¿En qué
consiste contemplar o escuchar algo estéticamente? ¿Hay, realmente, una manera
estética de contemplar las cosas? Y si la hay, ¿que criterios podemos aplicar
para determinar si estamos realizando una experiencia estética o una
experiencia de otro tipo? El problema de la experiencia estética debe
plantearse antes de enfrentamos con una serie de problemas filosóficos. Sin un
examen minucioso de esta experiencia no parece posible plantear otras
cuestiones estéticas, tales come éstas: ¿En qué consiste la expresión
artística? ¿Hay una verdad propia de las obras de arte? ¿Qué es un símbolo
artístico? ¿Es posible definir al arte en general? ¿Hay criterios que permitan
determinar objetivamente la calidad de una obra de arte? ¿Qué relación hay
entre el arte y la sociedad?
Para delimitar la
experiencia estética y distinguirla de otro tipo de experiencias humanas, como
las experiencias sensoriales, científicas, religiosas y místicas, entre otras,
se puede recurrir a distintos criterios. En primer lugar, cuando contemplamos
estéticamente un objeto, no nos interesamos por su utilidad para alcanzar algún
objetivo ulterior. En ese sentido, es posible establecer una diferencia entre
la actitud estética y la actitud práctica con que observamos un objeto. Por
ejemplo, cuando un agente del negocio inmobiliario tasa una parcela de tierra,
se interesa en ella como un medio para alcanzar su objetivo económico. Quien
aprecia estéticamente el paisaje, en cambio, percibe esa parcela como parte del
paisaje, lo hace sin una finalidad ulterior y sólo por el placer de percibirlo.
La experiencia estética, por tanto, no depende de fines prácticos.
La
caracterización de la experiencia estética como aquella que toma el objeto
como un fin en sí mismo, aun cuando parezca admisible a primera vista, puede
conducirnos a algún malentendido. ¿No es cierto, acaso, que cuando
contemplamos estéticamente un paisaje o un cuadro, o cuando escuchamos
estéticamente una canción lo hacemos por el placer que nos produce esa experiencia?
El paisaje, el cuadro y la canción son objetos que nos resultan agradables y
por eso, justamente, nos detenemos a percibirlos. La experiencia estética
parece, por tanto, tener una finalidad que consiste en el goce del objeto
percibido. Esta finalidad, sin embargo, puede distinguirse aun de los fines
prácticos que orientan nuestras experiencias no estéticas. Por tanto, al caracterizar
la experiencia estética como aquella que considera al objeto un fin en sí
mismo, se quiere dar a entender que es la experiencia de disfrutar de ese
objeto por lo que es y no como un medio para una finalidad ulterior.
En segundo lugar,
para distinguir la experiencia estética de otras experiencias, puede resultar
útil advertir que cuando contemplamos estéticamente un objeto, no nos
interesamos por la información que éste nos pueda brindar sobre la realidad.
Por ejemplo, cuando nos conmueve la contemplación de un paisaje, no nos
interesamos, como lo haría el geólogo, por la composición química de los
diversos estratos sobre los que se asienta, ni tampoco, como lo haría el
botánico, por el origen de las especies vegetales que percibimos. Cuando nos
atrapa la trama de una novela, no nos interesa si alguno de los datos
presentados por el al autor son verídicos, esto es, si se corresponden con lo
que hicieron efectivamente ciertas personas en la realidad. Esto distingue un
texto histórico, orientado al conocimiento, de un texto literario, orientado a
la experiencia estética. Del primero esperamos que presente información sobre
los hechos tal cual fueron, es decir, exigimos que sus afirmaciones sean
verdaderas. Del segundo, en cambio, exigimos que el relato nos resulte
"verosímil", esto es, que podamos creer, por ejemplo, en la
posibilidad de la trama relatada en una novela o representada en un drama. Por
eso, parece evidente que la advertencia que aparece al comienzo de muchas
películas, "cualquier semejanza con la realidad es pura
coincidencia", no podría aparecer en un documental. A diferencia de lo que
ocurre con el director de una película de ficción, el autor de un documental
pretende ofrecemos un relato fidedigno de ciertos acontecimientos históricos.
En tercer lugar,
en la experiencia estética, contemplamos lo que ofrece el objeto, sin prestar
atención a las posibles relaciones que podamos encontrar entre ese objeto y el
conjunto de las demás experiencias personales. Por ejemplo, cuando miramos una
película, podemos llegar a encontrar alguna similitud entre lo que le pasa al
protagonista y algunas de nuestras experiencias pasadas o presentes. En ese
sentido, podemos identificamos con el personaje al punto de sentimos
personalmente implicados por lo que le sucede a él. Eso, por supuesto, no tiene
nada de malo y puede contribuir a que nos interese la trama de la película. Sin
embargo, sobre esta posible identificación es necesario advertir lo siguiente.
Por un lado, la experiencia estética no depende de las relaciones que el
espectador pueda encontrar entre la vida ficcional del protagonista y su propia
vida. Otro espectador que no se identifique con el protagonista puede también
disfrutar estéticamente de la trama. Por otro lado, la mencionada
identificación con los personajes puede llegar a impedir la experiencia
estética si el espectador no es capaz de percibir que se trata de una historia
de ficción y no de la vida real.
Como consecuencia
de las mencionadas características de la experiencia estética, puede indicarse
que ésta no se interesa principalmente por las relaciones que puedan
descubrirse entre la obra, la vida, la época o el carácter del autor y los
espectadores. Las relaciones entre una obra de arte y la realidad externa a
ésta no parecen ser lo fundamental de la experiencia estética. En este tipo de
experiencia, el principal centro de atención lo constituyen lo que se denomina
las "relaciones internas" de ese objeto, esto es, las relaciones
entre los diversos aspectos que lo constituyen como objeto estético.
No hay comentarios:
Publicar un comentario